Ramón

Había una vez un caracol llamado Ramón. Ramón era un caracol muy feliz. Él vivía en un jardín comiendo hierba y dormía donde quería, ya que como todos los caracoles llevaba la casa encima.

A Ramón le gustaba mucho tomar el sol. El otoño era su estación preferida, en el siempre sacaba sus curenos al sol y pasaba horas y horas.

Un día en el que Ramón tomaba el sol se levantó un poco de aire y una piedra impacto contra su casa, esta se fue cayendo poco a poco y Ramón se quedó sin casa.

-¡Oh, no!, pensó, ¡qué voy a hacer ahora!

Así el pobre Ramón se quedó sin casa. Él la había cuidado bien. Había sido culpa del viento que todo lo lleva. Pero el pobre Ramón se  vio en la calle. Se sentía muy triste, deambulaba por su jardín pero ya nada era lo mismo, lo había perdido todo.

Ramón observó que había conchas vacías de otros animales e intentó refugiarse en ellas, pero ninguna la sentía como propia, sólo se veía impulsado por la necesidad de tener un techo donde cobijarse. Al final optó por meterse en una concha de caracola. A Ramón la situación no le agradaba por lo que se propuso que fuera algo temporal. Tenía que conseguir volver a tener su casa.

Un día una de las plantas del jardín que lo había estado observando decidió ayudarle y le dio una de sus hojas. Esta hoja tenia forma redondeada con lo que Ramón pudo hacer una casa, aunque frágil, pero le sirvió para abandonar la caracola. Ahora sólo necesitaba ayuda de otro caracol para volver a hacerla resistente. Ya que la baba del caracol hacia que la hoja se endureciera.

Ramón estaba mucho más feliz, por fin había abandonado la caracola aunque su casa de hoja fuera todavía frágil.

A la mañana siguiente cuando Ramón salió a pasear, otro caracol lo observó y le preguntó que porque tenía una casa de hoja, si los caracoles siempre habían tenido casa de concha. Entonces Ramón le contó su historia. El otro caracol decidió ayudarle y paso por encima de la casa de hoja de Ramón. Esta se convirtió en una casa resistente y Ramón se lo agradeció de corazón.