Nicolas

Hace muchos años en un lugar muy lejano, una inventora creo un espejo en el que cuando uno se miraba, en vez de su reflejo lo que veía eran sus sentimientos. En aquella época la gente se miraba en aquel espejo y encontraba lo que realmente sentía.

Aquel espejo era un buen invento, ya que si estabas contento al verlo te ponías más contento, y si estabas triste o enfadado, la gente se preguntaba el porqué de ese sentimiento e intentaban cambiarlo para sentirse mejor.

Pero con el tiempo ese espejo se perdió y desde entonces la gente intentaba ocultar lo que sentía.

Un día un niño llamado Nicolás jugaba con sus amigos en un caserón abandonado, cuando vio un baúl, lo abrió y allí apareció el espejo. Al reflejarse en él lo que vio fue sorpresa y cuando comprendió lo que había visto alegría y emoción.

Nicolás lo cogió y fue corriendo a enseñárselo a sus amigos. Estos al ver reflejados los sentimientos de Nicolás se rieron de él y el espejo cambió a decepción, el pobre Nicolás se sentía decepcionado. Pero no se rindió. Cogió el espejo y lo llevó a su casa.

La madre de Nicolás siempre había expresado sus sentimientos por lo que le encanto verlos reflejados y la idea de que las demás personas pudieran ver los suyos.

El padre de Nicolás nunca mostraba sus sentimientos y al pasar por el espejo se sorprendió. Se dio cuenta de todo lo que amaba a Nicolás y a su mujer y de que nunca se lo demostraba.

Nicolás seguía en su empeño y al día siguiente decidió llevar el espejo al colegio. Madrugó mucho y lo puso en la puerta de entrada, así todos lo que pasasen tendrían que ver sus sentimientos.

Según iban entrando al colegio en fila de uno, profesores y profesoras, niños y niñas vieron el reflejo de sus sentimientos, mientras los que iban detrás también los veían y se dieron cuenta de que todos tenemos los mismos sentimientos.